La figura de Melibea es una de las más interesantes
que la literatura puede aportar. En una lectura superficial de La Celestina, podríamos entender a
Melibea como la joven que se deja seducir por el hombre y cae en la tela de
araña que finamente ha preparado la medianera. Sin embargo, si rascamos un poco
más, nuestra visión de la cándida Melibea cambia y aparece un personaje mucho
más complejo.
Lo
primero que debemos tener presente es que forma parte de un todo indisociable:
la pareja que forma con Calisto. Sin embargo, está lejos de ser su calco, pues
las diferencias entre ambos son notables y además están justificadas tanto por
el eterno motivo de la diferencia entre sexos, como por otras particularidades
históricas.
Melibea
se presenta fuertemente afianzada en la realidad, dentro de un marco familiar
estable y la sanción de la sociedad es lo que rige su conducta desde el
principio. Se atiene a un código impuesto, el código del amor cortés, en el que
la falta de humildad del vasallo provoca la ira de la señora, de ahí que su
primera reacción sea la ira ante Celestina. Su puesto en la sociedad es algo
muy presente en Melibea; ya enamorada de Calisto, sigue reteniendo la
responsabilidad de su condición, que defiende ante el deseo de éste de quebrar
las puertas. Esto destaca la responsabilidad
social de la doncella, quien además se acusa de haber perturbado con la
muerte de su amado el orden de la ciudad.
Esta preocupación por lo que piense la
sociedad la lleva a mantener en secreto sus amores, es el sentimiento del honor
quien la obliga, mucho más arraigado en Melibea que en Calisto. Melibea es,
pues, el debate entre pasión y deber. Y es por ello que sigue defendiendo su
honor, esta vez de forma débil, en la primera cita con Calisto, cuando le pide
que evite “estos vanos e locos pensamientos” para evitar las habladurías: “No
quieras poner mi fama en balança de las lenguas maldizientes”.